Algunas personas sufren un
sentimiento constante de abandono que les produce un gran desasosiego, ya que
sienten que los demás siempre les van a dejar. De hecho, son muy observadoras.
Cualquier palabra o acción es analizada al milímetro para confirmar lo que
tanto temen: “no quiere estar conmigo,
le soy indiferente o no me quiere”.
En
muchas ocasiones, pueden equivocarse. Sin embargo, cuando entramos en una
relación con algún tipo de miedo a que la otra persona nos abandone, es posible
que esto suceda. El motivo por el que ocurre es porque el temor es tan potente,
que estas personas establecen vínculos de apego insanos. Este miedo les hace controlar, atosigar y desconfiar del otro. Al
final, la relación se desgasta y acaba por terminar.
También
sucede que las relaciones suelen cambiar con el tiempo. Los amigos que podamos
tener ahora y con quienes hablamos a menudo, puede que en el futuro acaben por
marcharse. Las vidas y las relaciones se transforman. Por desgracia, el
sentimiento constante de abandono que tienen algunas personas les impedirá ser
conscientes de ello. Su miedo a perder a los demás les hará creer que
cualquier cambio en una relación es negativo.
EL APEGO QUE SE DESARROLLA EN LA INFANCIA
Para
comprender a todas esas personas que tienen un sentimiento constante de
abandono, es necesario que fijemos
nuestra atención en su infancia. A pesar de ser una etapa de la que apenas
nos acordamos, en ella se desarrolló algo muy importante y que marca todas las
relaciones que tenemos cuando somos adultos: el vínculo de apego.
“Para ser un adulto independiente y seguro debió haber sido un bebé
dependiente, apegado, sostenido; en pocas palabras, amado”
El apego es el vínculo emocional que
desarrollan todos los niños con sus cuidadores. Ellos son las figuras que
cubren sus necesidades y les aportan seguridad. Según varias investigaciones, si en la edad adulta tenemos un sentimiento
constante de abandono es porque el apego no se ha desarrollado de una manera
sana. Por lo tanto, es posible que en la infancia existieran algunas
carencias. A continuación veremos algunas de las más frecuentes.
FACTORES QUE PROVOCAN EL SENTIMIENTO CONSTANTE DE ABANDONO
- Falta de afecto. Si los cuidadores no abrazan, no acarician, no brindan afecto físico, el niño crecerá con falta de cariño. Lo mismo sucederá si nunca le dicen nada agradable. Hay múltiples tipos de muestras de afecto que no son solo físicas y que son necesarias.
- Cuidadores ausentes. Muchas de las personas con un sentimiento constante de abandono tienen la sensación de que sus padres les prestaron poca atención. Puede que estuvieran muy centrados en su relación, quizás estaban ausentes o demasiado ocupados. La cuestión es que experimentaron un sentimiento de ausencia muy profundo.
- Modelo de relación dañina. La interacción entre los padres es fundamental a la hora de construir la seguridad de que no nos van a abandonar. La presencia de infidelidad, por ejemplo, suele ser muy dañina para la seguridad del niño. En estos casos, es habitual que interprete que todas las personas son “infieles” y que siempre les dejarán.
El sentimiento constante de abandono es un
peso muy cargante; sin embargo, en la infancia fue un mecanismo de defensa para
sobrevivir. En lugar de desarrollar un apego seguro, se optó por el desarrollo
de un vínculo inseguro-ambivalente,
el cual estará presente en las relaciones de la edad adulta. De este modo, la
persona desconfiará y estará alerta ante cualquier posible engaño, pero al
mismo tiempo dependerá de la otra persona para que cubra su necesidad de
afecto.
LA REPETICIÓN DE LOS MISMOS PATRONES
Si te has sentido
identificado con la descripción del sentimiento constante de abandono, lo más
probable es que te hayas sumergido en relaciones en las que tu pareja te haya sido
infiel, haya estado demasiado apegada a sus padres o no te prestase atención
porque no dejaba de trabajar nunca. De manera inconsciente, puede
que estés repitiendo el patrón de abandono sufrido en la infancia. La única diferencia
es que se produce en otros contextos y con otras personas.
La primera vez que
descubrimos el impacto que tuvo nuestra relación con nuestros padres sobre
nuestra vida adulta, puede que nos enfademos y les echemos la culpa de todo lo
que nos ocurre. Sin embargo, es necesario recordar que ellos hicieron todo lo
que pudieron en su momento. Además, ahora que has crecido, tú eres el único
responsable de todo lo que haces y de las decisiones que tomas. Culpar no te va
a ayudar, pero trabajar en ti mismo sí.
La mejor manera para sanar
ese tipo de apego insano que aprendiste en tu infancia es hacer un trabajo de autoestima. Esto te permitirá aprender
a cubrir tus carencias para dejar de intentar que lo hagan los demás. Empezar a
cultivar seguridad te ayudará a
confiar tanto en ti mismo como en las
demás personas y de este modo, podrás tener relaciones sanas.
Ten en cuenta que no puedes
controlar ni borrar lo que te sucedió cuando eras pequeño. Pero ahora, puedes decidir si quieres resolverlo. Para ello, lo más
importante es tomar las riendas de tus propios sentimientos. El camino hacia
las relaciones sanas no es sencillo, pero merece la pena.
Lic. Clara López
Psicóloga clínica
